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MONUMENTO AL BOMBERO

Una escena eternamente heroica en parque forestal: memoria y gratitud al bombero voluntario

Fue instalado en 1913 por la Municipalidad de Santiago, en el aniversario 50 de la fecha de fundación del Cuerpo de Bomberos Voluntarios (20 de diciembre de 1863).

Cabe advertir, sin embargo, que los bomberos chilenos propiamente tales ya existían desde 1851 en Valparaíso, pero esta fecha se escogió como aquella de la fundación del cuerpo en Santiago, pasando a constelarse en los calendarios como la de los actos institucionales de la capital.

La aparición de este cuerpo en Santiago en esta fecha no era casual: el 8 de diciembre anterior, había tenido lugar el trágico incendio de la Iglesia de la Compañía de Jesús, que mató horriblemente a cerca de 2.000 fieles y que a futuro abordaremos con un artículo propio al respecto.

No bien se apagó la última llama, la ciudad se organizó casi instintivamente y, gracias a la colaboración de la prensa y de prominentes hombres públicos, para el día 14 siguiente miles de jóvenes y adultos corrieron a las oficinas habilitadas para reclutarse, dando nacimiento al cuerpo voluntario de bomberos santiaguino, que constituye toda una particularidad en el mundo entre los casos de esta clase de instituciones.

Medio siglo después de haber sido fundado, los bomberos voluntarios seguían contando con el elogio y la gratitud de su ciudad, como fieles ejemplos de una vocación de servicio desinteresado y abnegado que, históricamente, ha llenado de justa ufanía a nuestro país.

Más todavía si recordamos el desempeño patriótico y epopéyico que tuvieron muchos de sus miembros al reclutarse durante la Guerra del Pacífico, también en calidad de voluntarios, además de sus colegas que, en el mismo período, realizaron actos de heroísmo extraordinarios fuera de los campos de batalla, como fue salvar la ciudad de Santiago (y a todo Chile, en el contexto beligerante) del incendio de los arsenales y talleres en la Maestranza de Artillería del Ejército, el 27 de enero de 1880.

La inmortalización de este sentimiento de permanente deuda nacional con el bombero voluntario coincidió, por entonces, con la feliz llegada de un ex miembro de sus filas a la Municipalidad de Santiago: el Alcalde Ismael Valdés Vergara, el mismo que da el nombre a la calle principal y la plazoleta del monumento.

Don Ismael había sido bombero voluntario, fundador de la Quinta Compañía con sus hermanos y hasta escribió un loable trabajo sobre la institución en 1901, titulado “Historia del Cuerpo de Bomberos de Santiago”.

Como había liderado al grupo de políticos liberales que denunciaron las escandalosas irregularidades de las elecciones municipales de 1912 y que encararon los focos de corrupción durante el régimen parlamentario, la sociedad santiaguina no tardó en quedar convencida que era el más indicado para asumir el sillón edilicio, ganando el mismo cargo que había quedado pendiente tras la anulación total del proceso eleccionario, gracias a sus denuncias.

Casi tan pronto asumió, comenzó los trámites para levantar esta obra monumental y conmemorativa, colocada sobre un sólido pedestal de roca tallada.

Es meritorio que haya tenido tiempo para semejante tarea en precisos momentos en que combatía con ferocidad el abuso y la deshonestidad pública, ahora desde su administración municipal, ganándose el laurel como uno de los mejores alcaldes que haya conocido la ciudad de Santiago a juicio de muchos, pues, además de sanear el sistema de gobierno municipal en su corto período, dictó el primer reglamento de tráfico vehicular y creó instancias de colaboración intermunicipal que eran hasta entonces impensadas, dejando el cargo en 1915 y falleciendo al año siguiente.

La tarea de producir la obra artística quedó encargada al destacado pintor y escultor español Antonio Coll y Pi, quien había llegado a Chile en 1906 invitado por La Moneda para asumir como Profesor de Dibujo Ornamental y Pintura Decorativa en la Escuela de Artes Decorativas de Chile, que acababa de ser fundada. Coll y Pi sería, desde entonces, uno de los más activos artistas trabajando en esta patria, que hizo definitivamente suya hasta el día de su muerte.

Inaugurada a fines de 1913, en el aniversario 50 de la creación del Cuerpo de Bomberos de Santiago (20 de diciembre de 1863), la obra tiene la virtud de mostrar una escena de rescate que parece tomada de cualquier momento en el tiempo (o sin tiempo, mejor dicho) y, por lo tanto, eternamente vigente, perpetuamente heroica, con un voluntario que echa sobre sus hombros a una mujer cargándola en medio de lo que ha de ser un desastre, un incendio o un derrumbe; cualquiera de las tragedias que esta ciudad ya conoce tan bien. Las hojas esculpidas en la piedra con aspecto flamígero, parecen evocar más bien al fuego.

 

Don Ismael Valdés Vergara vestido de bombero, en caricatura de época (gentileza de L. Rivas).

Retrato del escultor Antonio Coll y Pi

Es un trágico instante, pero hermosamente congelado; un flash de hace casi cien años que, sin embargo, ha sido servido varias veces para representaciones muy parecidas de abnegación, rescate y sacrificio heroico, en años muy posteriores y más cercanos a los nuestros, gracias al avance de las comunicaciones y la popularización de ciertas imágenes-símbolos, confirmando la prematura capacidad de visión de Coll y Pi para generar imágenes de verdadera antología iconográfica.

El saldo emotivo del monumento solemne se encuentra en las placas de sus costados, una de mármol y otra metálica, que lo han convertido en un sentido memorial con los nombres de los mártires de la institución, que han caído en servicio durante todos estos años. Una nómina que crece, desgraciadamente, y que reserva espacio en blanco para inscribir a los que aún quedaran en el destino.

La nómina del costado Norte empieza con el histórico caso del bombero Germán Tenderini, con referencia a su respectiva 6ª compañía y la fecha de muerte del 8 de diciembre de 1870, en el fatídico incendio del Teatro Municipal; por extraña paradoja, en el exacto aniversario siete del incendio de la Compañía, al que ya nos referimos. Se cuenta que ese mismo día había sido ascendido a Teniente Tercero, para incrementar los arcanos misterios de esta trágica fecha, que en nuestros calendarios figura como la Inmaculada Concepción de la Virgen.

La dolorosa nómina termina al momento de escribir estas líneas en Juan Aranda Pizarro (9ª Compañía, fallecido el 06-07-2008). Lo más triste es que no cabe duda de que este nombre no será el último, y esa placa blanca lo anticipa al dejar el mencionado espacio para los héroes que vendrán bajo este último mártir. Otra placa, colocada por el lado Sur, inmortaliza en metal desde 1938 un homenaje del Cuerpo de Bomberos de Rancagua a sus camaradas santiaguinos, recordando el nombre de algunos de sus mártires, nuevamente con Tenderini a la cabeza.

 

 

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