Inicio » Bomberos; patriotismo en la guerra y en la paz » Participación del Cuerpo de Bomberos de Iquique en la Guerra
vicente zegers

Participación del Cuerpo de Bomberos de Iquique en la Guerra

A continuación destaco una carta enviada por el Guardiamarina Vicente Zegers, sobreviviente al combate naval de Iquique de un lejano año 1879. Dicha carta escrita como prisionero de guerra está dirigida a su padre, don José Zegers, donde relata lo acontecido ese inmortal 21 de mayo.

 

Iquique, mayo 28 de 1879.- Señor don José Zegers.- Valparaíso.

Querido papá: No sé si esta carta pueda llegar a sus manos; sin embargo, confío en ello, i deseando que Ud. esté al cabo de lo realmente sucedido el 21 del presente, trataré de hacerle una descripción del desigual combate habido entre el blindado peruano Huáscar i nuestra débil pero gloriosa Esmeralda. Es natural que no relate muchos de los incidentes de esta horrible tragedia, mas ello es natural debido en parte al olvido i en parte a lo sensible que me es relatar escenas terribles que es necesario verlas para comprenderlas; sin embargo, trataré de ser lo más explícito posible, i espero que Ud. quedará satisfecho con mi relación.

Como lo he dicho en mis cartas anteriores, con motivo de la salida de la escuadra, quedamos como sostenedores del bloqueo la Covadonga i nosotros. Vivíamos tranquilos cumpliendo nuestro cometido i sin sospechar siquiera una sorpresa por parte del enemigo, cuando la mañana del miércoles 21, avistamos por el norte dos buques, que resultaron ser los blindados peruanos Huáscar e Independencia.

Inmediatamente avisado nuestro querido comandante de la proximidad del enemigo, ordenó tocar jenerala con una calma digna de todo elojio. Era natural que al ver nuestra jente la inmensa superioridad del enemigo, hubiera desmayado o perdido su entusiasmo.

Sin embargo, no sucedió así, i al oírse el toque de corneta, todo el mundo corrió a sus puestos, con la sonrisa en los labios, la esperanza en el corazón i con el placer que se experimenta al defender la patria querida. Mientras esto sucedía a bordo, la Covadonga se alistaba en son de combate i se ponía en movimiento.

Casi al mismo tiempo el comandante nuestro, tocó el botón de la máquina para hacer nosotros lo mismo, mas aun no había dado dos vueltas de hélice, cuando una de nuestras calderas se rompió, quedando en consecuencia con una i con un andar de dos millas. La situación no podía ser más difícil, mas nadie parecía comprenderla, pues solo se veía en los semblantes el entusiasmo i el deseo de combatir.

Eran las 8.40 i la Covadonga pasaba inmediata a nosotros, cuando el Huáscar hizo su primer disparo, el cual cayó exactamente entre la proa de aquel y la popa de nosotros. En aquel instante se sintió un viva unísono lanzado a Chile por las tripulaciones de ambos buques, i poco después el comandante, poniéndose al habla con el capitán Condell, jefe de la Covadonga, le ordenaba conservarse su fondo, manifestando así su plan que era interponerse entre los fuegos del enemigo i la población, para que los proyectiles de aquel fuerana herir a ésta.

Apenas habían pasado algunos instantes cuando la Covadonga rasgó el aire con su primer disparo, el que fue saludado con un ¡¡hurra!! General. En aquel momento el combate era sostenido por nuestros buques, i el Huáscar; i la Independencia avanzaba sin hacer todavía uso de sus cañones.

Poco se demoró la Esmeralda en seguir el ejemplo de su compañera, pues una descarga hecha por la batería de estribor, hizo conocer al enemigo que a bordo todos estaban resueltos a morir antes que rendirse.

Vino a fortalecer el propósito de nuestros tripulantes, la voz del comandante que se expresó en estos términos: <<Muchachos: la contienda es desigual, pero ánimo i valor: hasta el presente ningún buque chileno ha arriado jamás su bandera; espero pues, que no sea esta la ocasión de hacerlo! Por mi parte yo os aseguro que mientras viva, tal cosa no sucederá, i después que yo falte, quedan mis oficiales que sabrán cumplir con su deber.>> Al mismo tiempo se sacó la gorra i prorrumpió en un viva a Chile, que fue varias veces repetido por nuestra jente llena de entusiasmo.

Sería necesario que Ud. se hubiera hallado antes en un caso semejante, para comprender el entusiasmo que es capaz de despertar un viva a la patria, lanzado por un jefe querido en aquellos supremos instantes. Le aseguro que a muchos les vi las lágrimas en los ojos.

Serían cerca de las nueve cuando la Independencia empezó a ayudar al Huáscar en su obra de exterminio; los proyectiles llovían, pero hasta aquel instante a nadie herían, i un humo intenso cubría el lugar del combate. La Covadonga, allegada siempre a la orilla, trataba de dar vuelta a la isla para pasar al otro lado i decidir así el combate buque a buque, lo que consiguió seguida de cerca por la Independencia.

Causaba no sé qué impresión ver a aquel enorme e imponente blindado combatiendo con nuestra pequeña cañonera. Combatían dos cañones de a 70 contra uno de a 300, otro de 150 i dieziocho de 70.

Por nuestra parte seguíamos batiéndonos con el Huáscar, i mientras las balitas de nuestros pequeños cañones rebotaban en el costado de éste sin dejar ni un el rastro, los proyectiles que él nos lanzaba, pasaban más o menos cerca, perdiéndose inmediatos a la población. En aquellos instantes nos batíamos por defender la honra de nuestra nación i cumplir como buenos, mas nos hallábamos completamente seguros de que aquel combate entre fuerzas tan inmensamente desiguales no podía terminar sino con el exterminio de nuestro querido i glorioso buque.

Nos habíamos acercado mucho a tierra i nos creíamos seguros de los espolonazos, cuando una lluvia de balas de cañón i rifle, lanzadas desde tierra, nos hizo comprender que nos batíamos con dos enemigos: los blindados i el ejército, quienes nos tomaban entre dos fuegos. La primera sangre que corrió fue causada por estos disparos; una de las granadas dio en el estomago a uno de los sirvientes de un cañón, matándolo en el acto, i otra hirió en un brazo a un muchacho que al ver correr su propia sangre, gritó: ¡viva Chile!

Pocos momentos después, i casi a las dos horas de combate, el Huáscar nos acertaba su primer balazo, el cual penetrando por babor, salió por estribor, llevando la pierna de uno, abriendo un agujero como de un metro cuadrado i declarando un pequeño incendio, que fue sofocado a tiempo por la jente destinada a este objeto.

Como continuaran hostilizándonos desde tierra, hicimos sobre ellos cinco disparos de cañón, al mismo tiempo que los rifleros hacían un fuego graneado sin interrupción, que era también contestado, causando bajas entre nuestra jente. Yo me hallaba próximo a la amurada de estribor junto con el teniente Uribe, cuando una granada dio en ella, abriéndola, lanzando lejos el cabillero e hiriendo a un sirviente del cañón en que yo estaba. En estos momentos se acercó a mí el teniente Serrano, i me dijo: vamos a la cámara a tomar la última copa; lo seguí, i allí, después de darme un abrazo, me dijo algunas palabras que indicaban lo resuelto que se encontraban para todo.

Subía por la escotilla a cubierta, impresionado con sus palabras, cuando encontré a un mecánico que también me abrazó, diciéndome: señor Zegers, adiós! no hai que darse hasta el último! Le aseguro, querido papá, que aquellas escenas eran de partir el alma a cualquiera. Me causaba no se qué impresión ver la firmeza con que esperaban la muerte todos aquellos hombres que, sin esperanzas, se batían por defender la patria, dejando algunos esposas, i otros madres completamente sumerjidas en la soledad.

Le aseguro que mientras viva nunca olvidaré las palabras de Serrano, una de las personas a quién debo más.

Cuando salí a cubierta, el combate se encontraba en lo más recio. La Esmeralda, por librarse de los fuegos de tierra, se había hecho un poco más al norte, lo que hacía que el Huáscar le disparase sin cesar, causando los más horribles estragos. No se veía ni atendía heridos, porque solo se encontraban cuerpos mutilados sin señales de vida.

Yo me dirijí a un cañón e hice varios disparos, hasta que el cabo me dijo: señor, deme a mí la rabiza, porque hasta aquí no he tirado casi nada; se la di i me fui a otro cañón de popa, que pronto quedó fuera de combate.

Me dirijí de nuevo a proa, i al pasar por el cañón que había ocupado antes, vi en cubierta el cadáver mutilado del cabo que me había pedido la rabiza.

Una granada del Huáscar le había volado la cabeza i parte de los hombros, no dejando sino restos cauterizados que humeaban todavía. Seguí mi camino a proa, i allí encontré a mi compañero Riquelme que, con un valor digno de todo elogió, disparaba sin cesar; me dio la mano i me dijo: si la suerte nos es adversa a uno de los dos, espero que ambos sabremos cumplir como amigos i compañeros. Agregó algunas otras palabras, i continuó en su tarea, después que yo le hube prometido cumplir con lo que me pedía. Subí al castillo, donde me refresqué con un poco de agua con coñac que tenía el teniente Uribe, i en seguida me fui de nuevo a popa, donde me ocupé de disparar con varios cañones.

ErnestoRiquelme

Guardiamarina Ernesto Riquelme con uniforme de Trabajo como Voluntario de la Segunda Compañía “ESMERALDA” de Santiago

 

Hasta el momento no había perecido ningún oficial i a todos los veía en sus puestos, hasta algunos mayores que, como el contador, se ocupaban en ayudar a animar la jente con sus palabras. El señor comandante con su misma calma, seguía dando órdenes que eran inmediatamente cumplidas, excepto las que se referían a la máquina, pues ésta apenas se movía. En su rostro no se veía sino la serenidad, el buen tino junto con el deseo de morir con honra antes de rendirse………. el resto de la historia es parte del heroísmo, arrojo y patriotismo de un puñado de compatriotas que dieron sus vidas por Chile.

Ya acontecido el fatal desenlace de la vieja mancarrona, los botes del Huáscar fueron al socorro de los pocos sobrevivientes chilenos, donde se encontraba Zegers, Cornelio Guzman y otros 47 más aproximadamente, quienes fueron subidos a bordo del monitor peruano donde fueron bien recibidos según indica Zegers. Allí permanecieron cuatro horas, siendo después dirijidos al puerto peruano de Iquique donde fueron alojados y muy bien tratado en el Cuartel del Cuerpo de Bomberos de Iquique bajo estandarte peruano.

 

Extracto del Corresponsal del diario el mercurio en Campaña

 

Eran siete de la mañana del 22 de noviembre de 1879, cuando del muelle de Iquique, salía un bote a encontrar al Cochrane, que en compañía de la Covadonga sostenían en esos momentos el bloqueo de Iquique.

El Cochrane que en esos momentos cruzaba por la boca de la rada, acerco a reconocerlos, i poco después subía a bordo el Cuerpo Consular residente en Iquique, presidido por su decano el Sr. Cónsul de los Estados Unidos.

El cuerpo consular iban a dar aviso al Comandante Latorre, de que el día anterior habían abandonado el puerto las autoridades peruanas, quedando la población a cargo de las Compañías de Bomberos Extranjeras, que formaban una Guardia de Orden. Aseguraron que no se haría a las tropas chilenas ningún jenero de hostilidad, i pidieron que ocupase la población a fin de evitar desórdenes.

Solicitaron se permitiera al mismo tiempo, salir del pueblo a gran número de habitantes peruanos que lo deseaban, i el Comandante Latorre se apresuró a acceder a tal petición.

Con el fin de dar plena libertad a los emigrados, no se tomó ese día posesión del puerto, i el Ilo, que pasaba para el norte, fue detenido para que los recibiera a su bordo.

A las 7 de la mañana del día 23 se dirigían a tierra los primeros botes del Cochrane al llegar a tierra se dirigieron a la Prefectura que es a la vez el edificio de la aduana i sacaron de allá con religioso respeto a los prisioneros de la Esmeralda, que en número de 49, es decir, toda la marinería sobreviviente del glorioso buque permanecían aún en Iquique.

A las ocho de la mañana se destacaban por segunda vez los botes del Cochrane i de la Covadonga del costado de estos buques, conduciendo a su bordo a las fuerzas chilenas que iban a tomar posesión del puerto.

Estas fuerzas se componían de 52 soldados de Artillería de Marina de la guarnición del Cochrane, 30 marineros del mismo buque, i 29 marineros i nueve soldados de Artillería de Marina de la Covadonga, o sea un total de 120 hombres.

A cargo de estos iba el Capitán de Corbeta señor Gahona, Segundo Comandante del Cochrane, que fue nombrado provisoriamente Jefe Político y Militar del puerto, i fue recibido entierra al llegar al muelle por la Guarnición de Bomberos i gran número de habitantes con grandes demostraciones de simpatías y regocijos.

A las ocho y media de la mañana estaba reunida toda la tropa desembarcada de a bordo de los buques, frente a la casa del Señor Cónsul americano, i entonces el Comandante General del Cuerpo de Bomberos i Jefe de la Compañía Alemana, don Jorge Schimidt, hizo al Capitán Gahona entrega de todas las oficinas, archivos y papeles fiscales.

La fuerza que hasta ese momento custodiaba la ciudad, se componía de las seis Compañías de Bomberos existentes en el puerto, cuyo número es como de 200 hombres, i estos fueron reemplazados por los marineros del Cochrane en la custodia de los distintos puntos.

En esa fecha el Cuerpo de Bomberos de Iquique se componía de cinco compañías, fundadas por las distintas colonias extranjeras residentes en dicho puerto y una compañía de bomberos de origen peruano. Se destaca que la 6° compañía de bomberos de Iquique era de la colonia chilena, quien entró en receso una vez estallada la guerra.

 

Fuente: Cuerpo de Bomberos de Iquique, 12a Compañía Libro “Arturo Prat i el Comandante de Iquique” 2a Edición Marcelo Villalba S.

Colaboración: Rodrigo Lira B.

 

Acerca de Segundino

Ver además

image

Guillermo Matta Goyenechea

Nació en Copiapó en 1829. Gran figura intelectual, política y social en la vida chilena ...

batalla02-298x167

Ignacio Carrera Pinto un guerrero Primerino

En la antigüa revista mensual En Viaje, en su edición Nº 333 de Julio de ...