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Mártires de Tarapaca: Teniente Pedro Urriola Elesperu y Teniente Jorge Cuevas

 

Hubo en la sangrienta batalla, cuyas lastimas contamos, dos gloriosos mancebos, tenientes del batallón Chacabuco, cuyos nombres no pueden separarse por que fueron dos mártires inmolados en la misma ara, en el mismo sitio y en idéntica hora.

Llamabase uno de ellos Jorge Cuevas, Pedro Urriola el otro, amigos inseparables en la mesa del trabajo, en el paseo, en el salón, en todos los placeres como en todas las tareas de la vida santiaguina, en que rodeados de la simpática aureola de la juventud y de la familia, brillaban a un tiempo como niños, como adolecentes, como servidores en la ciudad, en la milicia y en el fuego.

Al comenzar la guerra ambos eran bomberos de la Primera Compañía del Cuerpo de Bomberos de Santiago, ingresando en febrero de 1876 y renunciando en 1879.  Ya en el ejército ambos ascendieron en su carrera y a la par, Pedro Urriola en agosto  y Jorge Cuevas en septiembre de 1879, y ambos marcharon en la clase de tenientes del Chacabuco a cumplir su inexorable destino entre las breñas de agria y angosta quebrada, suficiente apenas para servir de sepultura a un millar de bravos.

Por lo mismo que eran inseparables en la feliz como en la adversa suerte, fueron los dos tenientes del Chacabuco, los más queridos entre sus jóvenes compañeros. Las Virtudes que se reparten en dos almas alcanzan mayor irradiación en su extenso brillo, a la manera de la tea del faro que hiere  diversos apartados discos. Y por esto la memoria de los dos gemelos de Tarapacá humedece todavía muchos párpados entre los suyos  y entre los extraños.

Aquellos dos niños procedían, por otra parte, de arrogantes soldados, cuyos nombres antiguos había recogido la historia o el poema, y fue cosa cierta que aquellos  no desmintieron la pasada fama en su rápida carrera.

En el caso de Jorge Cuevas, es un hecho perfectamente comprobado que el denuedo ha podido  contarse por generaciones, de varón a varón y sin un solo salto desde don Juan de Cuevas, caballero extrémelo, compañero y compatriota de don Pedro de Valdivia, hasta el joven soldado de Tarapacá.

Batallón Cívico Movilizado “Chacabuco”

 Batallón Cívico Movilizado “Chacabuco”

Juan de Cuevas peleó en efecto en Guamanga contra Gonzalo Pizarro. Su hijo, don Luis de Cuevas, peleó en las Vegas de Colmo y de Quintero contra Hawkins, pirata inglés. “Don Luis de cuevas,- dice el manuscrito de la época,- embistió con el capitán de los dichos ingleses que saltaron en tierra y lo mató.” Y por eso el poeta dijo de él en el canto de batalla:

“El capitán Gaspar de la Barrera, Don Gonzalo, el de Cuevas y Molina, Descubre   cada cual en la marina, Derribando cabezas enemigas Cual diestro segador contando espigas.”

(Álvarez de Toledo.- Pirén Indómito)

 

La diferencia de los tiempos había querido ahora solamente que la segur de la muerte de qué habla el castellano, hiciese  su impecable labor sobre las mas enhiestas cabezas del ejército salido de los lindes de Chile para defenderlo, y  este fue el dolor que hizo más simpáticos sus nombres, más grata su memoria.

Ejército Chileno en Tarapacá

 Ejército Chileno en Tarapacá

 En cuanto al teniente Urriola derribado casi en los brazos de su fiel amigo, para ser enseguida atrozmente mutilado por horda de salvajes, que no de soldados,  guardaba también en su pecho nobles tradiciones militares que en los hombres de guerra son estimulo y blasón. Sus dos abuelos habían sido caudillos  en las armas y como tales habían  muerto bajo ellas.- “Señor- decíamos  a este respecto un soldado del Chacabuco  de la compañía de los dos amigos y retratándolos a su manera en el campo de batalla en que les vio morir.-Señor, ¿Cómo  no había de salir bueno mi teniente Urriola? Toda la noche nos iba animando con que temprano descansaríamos y beberíamos agua en abundancia y hasta comeríamos brevas peladas en las higueras del valle, y por la mañana, al comenzar la pelea, nos gritó: – “¡Muchachos quítense las caramayolas por que el reflejo del sol en la lata va a servir de puntería al enemigo!”- Cayó un niño a su lado,- añadía el soldado en el lenguaje de soldados,- y mi teniente tomo en el acto el fusil y el morral para vengarlo. Era lo mismo que había hecho con el primer herido mi mayor don Polidoro Valdivieso. Y fue eso lo que  hizo también mi teniente Cuevas cuando lo mataron.

Ah! ¿Y cómo no había de ser bueno el teniente Urriola?  Exclamamos nosotros, junto con el soldado herido de 1879, cuando sus dos abuelos  habían perecido en el campo de batalla, el uno en las calles de Santiago, (el coronel don Pedro Urriola el 20 de abril de 1851) el otro (el general  Juan Bautista Elespuru) en Yungay, el 20 de enero de 1839. ¿Cómo no había de salir “bueno”, si en aquel mancebo que había dejado estudios, sueldos, amores y una madre de quien era orgullo, el arte de pelear y de morir era una herencia, casi un mandato de familia?

Su propio padre fue a sepultarle, y aquí se hace preciso no olvidar a este último, niño como él, militó bajo su antecesor en la campaña que precedió  a la presente hace  ya cuarenta y seis años.

Fue por esto que al depositar los mutilados restos de aquel valeroso niño en el cementerio de Santiago algunos meses más tarde, alguien que quiso saludar su entrada a la inmortalidad, llamándole,” hijo y nieto de soldados”

Sobre la cruel inmolación del teniente Urriola he aquí lo que escribía el autor de sus recuerdos.

Campamento de Dolores, enero 22 de 1880

 

“Señor don B. Vicuña Mackenna,

Santiago

“Querido Benjamín:

“No he tenido suficiente calma de espíritu para contestar tu carta en la que me prodigas un delicado como honroso homenaje al cruel sacrificio de mi infortunado Pedro.

“Cada día que pasa siento más hondo pesar por su pérdida y la manera cruel como sucumbió. Por el certificado que te envié habrás juzgado  el género de muerte y prolongado martirio sufriría ese pobre niño. Al ver sus despedazados despojos habría creído  ser los restos de alguien muerto por  lucha con fieras y no con hombres- Tuyo etc.

M. Urriola

CERTIFICADO

 

“El que suscribe, cirujano en jefe del ejercito de operaciones en el norte, certifico que ha examinado profesionalmente el cadáver del teniente del Batallón Chacabuco, señor Pedro Urriola que se encontró en el campo de batalla de Tarapacá, hallándose en él las lesiones siguientes:

“1.” Dos heridas hechas por armas de fuego en que las balas  habían atravesado desde la región  anterior y posterior del muslo en su parte media. Estas heridas estaban ligeramente vendadas;

“2.”Una herida de bala en la región pectoral derecha en su parte superior;

“3.” Una herida de bayoneta en la órbita izquierda que se prolonga hasta el cerebro. El resto de la cabeza estaba cubierto por grandes contusiones. Tanto éstas  como las dos últimas heridas eran necesariamente mortales.

“Yo creo que las heridas de las piernas solo fueron hechas durante el combate, y fundo mi creencia en el hecho de haberlas encontrado vendadas. Estas heridas debieron impedirle todo movimiento. Las restantes han sido hechas después de haber caído.

“Tarapacá, noviembre 29 de 1879.  J. Domingo Gutiérrez”

Documento autor:           Benjamín Vicuña Mackenna

Transcripción y diseño:   Marcelo Villalba S.

 

Fuente:  www.museoguerradelpacifico.cl

Colaboración: Sr. Osvaldo Moncada, Cuerpo de Bomberos de Santiago

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