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José Francisco Vergara Etchevers

José Francisco Vergara Etchevers

Nació en Colina, el 10 de octubre de 1833, en el seno de la familia formada por José María Vergara y Carmen Etchevers. Estudió Matemáticas, y se recibió de ingeniero en 1866 en la Universidad de Chile, y como tal estuvo a cargo de dos grandes proyectos: la construcción del ferrocarril de Santiago a Quillota, y el túnel de San Pedro.

Se casó con Mercedes Álvarez, con quien tuvo dos hijos: Blanca y Salvador. En 1874 inició la fundación de la ciudad de Viña del Mar, entregando para ello los terrenos de la parte baja del fundo de propiedad de su mujer.

Vergara fue un hombre versátil. No solo practicó la ingeniería sino también se destacó como político y escritor. En 1868 se incorporó al Club de la Reforma. Después de viajar por Europa, fue electo diputado por Ancud, hacia 1877.

Durante la Guerra del Pacífico realizó una importante carrera militar: participó en la Campaña de Tarapacá y en la Campaña de Tacna, con vistosos éxitos. Con el cargo de ministro de Guerra y Marina en Campaña (desde el 15 de julio de 1880), participó en la organización de la Campaña de Lima, y combatió en las batallas de Chorrillos y Miraflores (1881).

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Ministro y Senador

Luego de su participación activa en la Guerra del Pacífico, fue nombrado ministro del Interior del gobierno de Domingo Santa María (1881-1886); ejerció dicho cargo hasta el 12 de abril de 1882, cuando lo sucedió José Manuel Balmaceda.

Ese mismo año resultó electo senador por Coquimbo, cargo con el que desplegó sus dotes de orador y político.

Hombre multifacético

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Muy conocido es el debate que Vergara inició en el Senado, a propósito de la lectura de un telegrama de Balmaceda, donde quedaba al descubierto la intervención electoral del gobierno.

Tal actitud le valió fama política, que lo llevó a ser proclamado por el Partido Radical, candidato a la presidencia en la Convención Nacional, Liberal y Radical, realizada en 1886.

El diario La Libertad Electoral fue el portavoz de su candidatura. Renunció a continuar con la campaña, ya que su oponente, José Manuel Balmaceda, contaba con la protección oficialista y la mayoría de los votos, y él no tenía el apoyo del Partido Conservador.

Vergara inició su carrera como periodista en 1875, cuando fundó el diario El Deber, en Valparaíso, del cual fue redactor. Como ya se ha señalado, también creó el diario La Libertad Electoral, donde insertó sus Cartas Políticas con el seudónimo de Severo Perpena. Fue Gran Maestro de Masonería en Chile.

Perteneció a la 5° Compañía “Arturo Prat”, llegando a servir el cargo de Superintendente del Cuerpo de Bomberos de Santiago entre los años 1885 y 1887. Además, fue uno de los fundadores de la 1° Compañía del Cuerpo de Bomberos de Viña del Mar, la que lleva su nombre hasta el día de hoy.

Dedicado principalmente a labores filantrópicas y ya retirado de la vida pública, falleció el 15 de febrero de 1889, en Viña del Mar.

 

Parte de José Francisco Vergara sobre el combate de Germania

 

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CUARTEL GENERAL DEL EJÉRCITO DE OPERACIONES DEL NORTE

Campamento del Hospicio, Noviembre 15 de 1879.

Tengo el honor de transmitir a V. S. el parte oficial transmitido a este cuartel general por el señor secretario don José Francisco Vergara, a quien el infrascrito confió, con fecha 4 del presente, la comisión de practicar un reconocimiento hacia el interior del lugar en que estábamos acampados, con el objeto de conocer el estado y situación de las fuerzas enemigas que nos rodearan, y de apoderarse, si era posible, de los recursos valiosísimos para el ejército con que cuentan esos puntos, principalmente respecto de la provisión de agua, cuya escasez se hizo sentir con mucho rigor en los primeros días de nuestra ocupación.

El mismo señor secretario fue quien indicó la conveniencia de verificar este reconocimiento, ofreciéndose espontáneamente para hacerlo, y a este efecto se puso a sus órdenes la pequeña fuerza de que ha podido disponer para llevarlo a cabo con tan feliz éxito.

Su acierto y esforzado arrojo en el desempeño de esta difícil y riesgosa comisión, ha venido a aumentar los importantes servicios que, desde el principio de la campaña ha prestado con toda inteligencia y abnegación al ejército, y que dan un elocuente testimonio de su desinteresado patriotismo, que ha comprometido altamente la gratitud del Supremo Gobierno y del que suscribe.

El parte es como sigue:

“Campamento de Dolores, Noviembre 8 de 1879.
La comisión que V. S. tuvo a bien confiarme, ha quedado desempeñada.

Cinco horas después de haber salido del campamento del Hospicio, el 5 del presente ocupamos la estación de Jazpampa, donde se cortó la comunicación telegráfica con Arica, se recogieron los últimos y recientes mensajes oficiales del enemigo, se tomaron una locomotiva, algunos carros y dos grandes estanques portátiles para agua, y varios cajones con útiles para el telégrafo del Estado.

Después de disponer lo conveniente para la seguridad de nuestra tropa y de haber ocupado la estación nombrada y sus alrededores, con un piquete de Cazadores a las órdenes del capitán de artillería don Delfín Carvallo, continuamos nuestra excursión al interior para apoderarnos de la importatísima estación de Dolores, donde existen las fuentes de excelente agua que proveen a las máquinas del ferrocarril y a casi toda la comarca por donde corre.

A las 2 P. M. ya eramos dueños de este punto, donde encontramos intacta una máquina de vapor para elevar el agua, varios estanques de fierro y una serie de pozos comunicados por galerías y cañones que suministran cuanta agua pueda necesitar nuestro ejército.

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Al siguiente día continuamos avanzando para ir a ocupar el campamento que desalojaban las fuerzas perú-bolivianas, picarle su retaguardia e ir a extinguir el fuego que habían puesto a sus acopios de víveres y a los edificios de esa importante salitrera. Después de una marcha penosa, que nos obligó a hacer alto por algunas horas, a las 5 P. M. al llegar al establecimiento denominado Germania, distante dos kilómetros de Agua Santa, que en ese momento era una hoguera, la descubierta anunció enemigo al frente.


Reconocidos éstos, resolvimos atacarlos, después de replegarnos un poco para organizar la tropa, encontrándonos ya bajo los fuegos de las largas carabinas Winchester de que venía armada una parte de esas tropas. Sin esperar mucho se dio la voz a la carga, y nuestros denodados cazadores a caballo cayeron como águilas sobre las fuerzas que tenían al frente.

No hubo resistencia para tanto empuje; y media hora después no quedaban sino hechos parciales, que sólo servían para poner en relieve el inquebrantable coraje de nuestros soldados, pero que ya no podían influir en el éxito final, que desde el primer golpe quedó decidido.

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Entre estos episodios merece una relación especial en esta parte el que cortó la vida al bravísimo sargento Tapia. Desviado en la persecución del grueso de su fuerza, acompañado solamente del soldado Pedro Castro, se halló al frente de una partida enemiga compuesta de 12 a 15 hombres. Engañado por su traje, que era casi idéntico al de los Cazadores, se aproximó confiadamente a ellos y solo los conoció a muy corta distancia.

Entónces le dijo al soldado que era preciso cargarlos, porque ellos no podían deshonrar su regimiento volviendo la espalda al enemigo, cualquiera que fuese su número.

El soldado le observó que él podía ayudarle poco, porque su caballo estaba ya casi inútil, a lo que Tapia contestó: “Cargaré solo, y tú como puedas apóyame por retaguardia para que no me rodeen”. Así lo hizo, y peleó como un león. Después de perder su caballo, siguió batiéndose a pie, hasta caer herido de muerte de un balazo en el pecho; pero no sin haber dejado sin vida a tres de sus adversarios y de haber dado tiempo a que llegaran sus compañeros para concluir con los demás.

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Los capitanes Barahona, Parra y varios otros oficiales, seguidos de unos 30 o 40 hombres, continuaron la persecución hacia el sur, y por espacio de tres leguas los espantados fugitivos fueron cayendo al filo de sus espadas. Las pérdidas del enemigo se estiman en 50 a 60 muertos, algunos heridos y unos pocos prisioneros, entre los cuales se cuenta el teniente coronel Chocano y teniente Gómez. El comandante Sepúlveda, que era su jefe, quedó en el campo, así como tres oficiales más.

Nuestros muertos fueron dos soldados y el sargento Tapia, seis heridos de poca gravedad.

En resumen, señor General, esta corta expedición de 175 Cazadores, ha dado a nuestro ejército, en menos de 48 horas, la posesión de 70 kilómetros de ferrocarril, de dos locomotivas, seis grandes estanques para conducir agua, 12 o 15 carros de carga y todas las máquinas y pozos de la parte norte del departamento de Tarapacá. Acuchilló una escogida fuerza de su caballería e hizo resonar la pampa con el galope de nuestros caballos tres leguas más al sur del campamento dejado el día antes por una numerosa división de su ejército.

Estos resultados son fáciles de obtener cuando se mandan tropas como la de Cazadores a caballo que, a un valor que no reconoce peligros, unen una decisión y entusiasmo que no se extingue con los trabajos y privaciones. A esto debe agregarse la inquebrantable energía de sus oficiales, que saben desplegar tanto coraje en el combate como perseverancia y voluntad para luchar con la inclemencia de estas regiones. Los capitanes Barahona y Parra, el teniente Calderón y los subtenientes Urzúa, Lara, Souper, Astorga, Quezada, Urrutia y Alvarado, merecen ser recomendados especialmente, como lo hago aquí.

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Para concluir, debo hacer presente a V. S. que he sido auxiliado eficazmente por el ayudante de campo don Ramón Dardignac, por el activo e inteligente sargento mayor de artillería don José de la Cruz Salvo, y muy especialmente por el teniente coronel de ingenieros don Arístides Martínez. A este distinguido jefe confié la dirección militar de esta expedición, y es grato para mí poder decir a V. S. que el ejército tiene en él un espíritu ilustrado, unido a un juicio discreto, con un ánimo tan sereno como emprendedor.

Al segundo día de mi salida del campamento de Pisagua, regresé a ese Cuartel General, habiendo dejado la tropa que me había sido confiada a las órdenes de sus inmediatos jefes, que encontré ya en la pampa de Dolores.

Dios guarde a V. S.

J. F. VERGARA”

Nuestro ejército ha aprovechado ya las ventajas de esta avanzada, pues una considerable división está acampada en la línea comprendida de Dolores a Agua Santa, teniendo abundante provisión de agua, y la de víveres puede hacerse con alguna comodidad en los trenes tomados al enemigo, los que en sus viajes de vuelta surten de agua la división que se encuentra en este campamento. Esta distribución de fuerzas ha facilitado las operaciones ulteriores del ejército, de que pronto espero dar cuenta a V. S.

Dios guarde a V. S.

ERASMO ESCALA
Al señor Ministro de la Guerra.

 

Fuente: www.icarito.cl; www.cbs.cl; / Colaboración Voluntario Rodrigo Lira B.

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