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Instalación de Agua Potable en Santiago

El 23 de Septiembre de 1866 se verificó en Santiago un acontecimiento de la mayor importancia bajo todos los aspectos y muy especialmente para el Cuerpo de Bomberos.

Un ingeniero chileno después de largos años de estudio y trabajo había logrado traer en abundancia agua desde la quebrada de Ramón hasta el centro de santiago.

Las cañerías que conducían el agua se ramificaban a muy escasos y principales lugares, pero era toda una innovación en aquella época en que el agua para el consumo doméstico era traída a lomo de caballo por los aguadores.

Manuel Valdés Vigil fue el hombre que hizo a la población entera tan señalado servicio. Con las mayores solemnidades se inauguró esta utilísima obra en la Plaza de Armas.

Don Manuel Valdés Vigil, entre el Presidente y el Arzobispo, rodeado de los regidores, Alcalde, Intendente y todo el vecindario, presenció como el Cuerpo de Bomberos extendía una línea de mangueras que partiendo de un lejano surtidero (grifo ubicado en la primera cuadra de la calle Monjitas) abastecía de agua a cuatro pitoneros, los que por turno elevaban a buena altura un chorro cristalino y puro del agua recién conquistada para la ciudad.

Ese año se construyeron acueductos, se instalaron cañerías y surtideros o grifos pero en tan poca cantidad que en más de treinta años no alcanzaron a cien. Los bomberos siguieron por esa razón, en la mayoría de los incendios, trabajando con las inmundas, insanas y mal olientes aguas servidas que corrían por las acequias de la ciudad arrastrando toda clase de desperdicios.

Se construyó en la Plaza un gran abrevadero para animales, que utilizaron largos años los caballos de los coches de posta y se le dio agua a la famosa pila de Rosales, conocida como la estatua de los lagartos y que es la estatua “A la libertad de Amé rica”, primer grupo escultórico que se erigió en Santiago, obra del genovés Francesco Orsolino en 1827.

Ese monumento de mármol de Carrara que mantiene su privilegiada ubicación, centro del centro de la ciudad capital, a pesar del embate del tiempo y de los urbanistas, merece algunas palabras de presentación a tantos que lo miran interrogantes.

El genovés Orsolino recibió de un país sudamericano que debía su Independencia a Simón Bolívar el encargo de inmortalizar al prócer que aún vivía la gloria de sus campañas libertadoras.

Cuando murió Bolívar y su memoria fue perseguida nadie retiró del taller del escultor el costoso monumento. A precio de ocasión lo compró nuestro agente en Europa don Francisco Javier Rosales y lo envió a Valparaíso cobrando $12.000. Pasó algunos años encajonado hasta que don Diego Portales ordenó pagarlo e instalarlo.

Se retiró de la Plaza la pila que allí existía para ponerla en la Casa de Moneda. Esa pila databa de 1672 año en que la fundió Alonso de Meléndez “gastando en su aleación 8 quintales de cobre de Coquimbo, 6 de cobre del Mapocho, 50 marcos de plata y doscientas monedas de oro que donó el vecindario”.

Al monumento no se le colocó ninguna inscripción aclaratoria de su significado ya que entonces todos conocían su historia, pero como dice el refrán: “Lo que por conocido se calla, por callado se olvida”.

El monumento está lleno de placas recientes. Muchos se preguntan que hacen cuatro cocodrilos entre plantas tropicales, una figura con atuendo romano y una india emplumada, en plena Plaza de Armas de Santiago. De aquí surgen contradictorias explicaciones a pesar de lo que las placas dicen.

 

Creo que una explicación razonable es la siguiente:

El escultor para ambientar su obra y referirla a la libertad de América ha leído, sin duda, el famoso libro de Alexander von Humbolt titulado “Cuadros de la Naturaleza” en que relata su exploración a las fuentes del río Orinoco y cuenta de que allí existieron hombres amantes de su libertad que para no ser dominados por los caribes prefirieron vivir en cavernas de los islotes del río próximos a las cataratas.

Detalla la vegetación y las aves de hermosas plumas. Cuando los jaguares le comieron su perro no pudo salvarlo por estar rodeado de cocodrilos.

Todo lo que en la estatua nos es extraño pareciera estar descrito en ese libro del científico que disfrutó de la amistad del gran Bolívar y bajo esa impresión ubicamos en la estatua al islote, la caverna, las plantas tropicales, los cocodrilos; el río y sus cataratas tenemos que imaginarlas en el agua que antes arrojaba la pila primitiva.

 

AGUSTÍN GUTIÉRREZ VALDIVIESO

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