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Insignias de acceso al recinto de los incendios

Durante los primeros veinticinco años que siguieron a la fundación del Cuerpo, los incendios aunque fueron sumamente escasos asumían casi siempre considerables proporciones, de manera que el personal no tenía otro recurso que asistir continuamente de uniforme.

Esa buena práctica se mantuvo hasta el año 1890, época en que fue abandonada en vista de que los siniestros aumentaron en forma jamás vista en la ciudad, i junto a esa epidemia nació el abuso de las falsas alarmas. En presencia de ese mal, los defensores de la propiedad comenzaron a acudir en tenida de calle, y como los recintos amagados estaban a cargo de los Auxiliares, les bastaba llevar consigo una prenda de uniforme para que se les dejara libre la entrada.

Muy pronto la Policía tomó a su cargo ese servicio, y con el objeto de evitar los incidentes y molestias que éste nuevo orden de cosas podía dar origen, el Directorio estimó que siendo el personal del Cuerpo compuesto de voluntarios, no era posible recargarles sus obligaciones exigiéndoles que se presentaran de uniforme a un acto imprevisto como es un incendio, cua ndo su sola presencia en él significa el abandono de sus ocupaciones habituales que son de por sí respetables, y por tanto autorizó al Comandante en sesión efectuada el 15 de Febrero de 1893, para entregar a los oficiales de las Compañías una tarjeta con el sello de la Comandancia, a fin de que facilitaran el acceso a sus compañeros que carecían de otros medios para darse a conocer.

Este beneficio se hizo extensivo a los representantes de las Compañías de Seguros, cuya misión debe también estar exenta de todo tropiezo. Sin embargo, la experiencia se encargó de demostrar que esa medida era todavía insuficiente, debido a que los distintivos estaban en poder de un número reducido de personas, y que éstas por el hecho de ocupar cargos de oficiales, debían de atender funciones muchísimo más importantes de éstas, que la de velar por la llegada de sus compañeros.

Impuesto el Directorio de estas dificultades acordó establecer un salvo conducto de carácter general que evitara toda clase de rozamientos entre el personal y la Policía encargada de facilitarles su labor.

En cumplimiento de la resolución tomada por el Directorio, el año 1904, se le proporcionó al personal un distintivo que consistía en una tarjeta impresa con el número de la Compañía del voluntario que la poseía, y autorizada con la firma del Comandante.

Ésta medida evitó en gran parte las incidencias con la Policía, y facilitó enormemente el entendimiento a que llegaron pocos años después ambos organismos. A pesar de la utilidad que presentaba el uso de las tarjetas, sus considerables dimensiones constituían un serio inconveniente para que su portador la mantuviera constantemente a la vista, razón que obligó a mediados del año 1907, a disponer su reemplazo por un disco de aluminio, que llevaba grabado el número de la Compañía a que pertenecía su dueño en un fondo del mismo color de su uniforme.

Cuatro años después, fueron restablecidas las tarjetas, conforme a un diseño más pequeño que permitió usarlas en la cinta del sombrero. Éste precocimiento con el transcurso de los años se generalizó entre todo el personal.

En vista del buen resultado que se obtuvo, el nuevo sistema quedó consagrado como el mejor que se podía emplear, y poco a poco comenzó a perfeccionarse hasta llegar al siguiente modelo que apareció por primera vez el año 1918. En una tarjeta doble, se había estampado en el extremo superior de la primera hoja, el número de la Compañía dentro de un círculo colocado en medio de una estrella de color rojo; más abajo el nombre del voluntario a que pertenecía, y por último la firma del Comandante.

En sus dos hojas interiores se encontraban anotados los cuarteles a que debían acudir cada una de las Compañías, con indicación de los que eran de primero, segundo socorro, y reserva, y en los casos de incendios en determinados edificios públicos o de beneficencia, se advertía que debía asistir un mayor número de Compañías, las cuales también se enumeraban, y en la cuarta y última hoja, se hallaba impreso un plano de la ciudad, con los límites de los cuarteles que había fijado la Comandancia.

Nueve años después, hubo razones de buen servicio que aconsejaron un cambio de salvo conducto; entre otras se pueden citar las más graves. En diversas ocasiones se sorprendió a personas extrañas a la Institución, haciendo uso de ejemplares falsificados y cometiendo toda suerte de delitos en el interior de los locales amagados; como así mismo la Policía detenía continuamente a individuos que se hacían pasar por bomberos, al usar tarjetas que por cualquier motivo se le habían extraviado al personal, y desprestigiaban al Cuerpo al formar desórdenes en que debían intervenir las autoridades.

Esas fueron las causas de que el 15 de Abril de 1922, se estrenaran las insignias de bronce, que consistían en un disco de metal con el número de la Compañía al centro. Al lado izquierdo del número se encontraba la letra “C”, y al derecho la letra “B”, iniciales del Cuerpo de Bomberos de Santiago, todo en relieve y en fondo lacre.

Con la adopción de los nuevos distintivos, la fiscalización se hizo más efectiva y se ganó en limpieza, desde el momento que las insignias al ser tocadas por el agua no se manchaban como las tarjetas, pero a pesar de sus ventajas no fue posible evitar del todo los graves inconvenientes que aconsejaron ese cambio.

Finalmente , el año 1928, resolvió la Comandancia encargar a Europa las placas actuales, obteniendo en gran parte el fin que se perseguía, debido a que su modelo ha sido registrado para evitar falsificaciones, y los materiales que entran en su composición no existen en el país.

Además, llevan un número de orden que corresponde exactamente al nombre del voluntario que la posee, el cual se encuentra inscrito en un rol, especial, y en caso de pérdida, su dueño responde por ella.

 

 

JORGE RECABARREN

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