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explosion valpo 1953

Incendio y explosión del 1 de enero de 1953 relatado por el Capitán don William Kenchington M.

Eleventh Fire Company “George Garland” Cuerpo de Bomberos de Valparaíso.

Incendio y explosión del 1 de enero de 1953.

Hora: 2:10 A. M.

Se pasó lista a las 6:30 A. M.

Voluntarios asistentes: Sidney Whitwell Roe, William B. Taylor, William Kenchington Manzen, Francisco Díaz Núñez, Vladimir Huber Wastavino, Carlos Carrazola Salas, Gustavo Weber Ardiles, Enrique Carrazola Salas, Carlos Henderson Páez, Miguel Carrazola Reinoso, Alfredo Strange Cancino, William Taylor Gauber, Harry Conley Peralta, Reginald Rees González, Isme Suazo Bravo, Jorge Cancino, Sergio Martínez, Hugh Honeyman Hills, Alonso Agüero Ferrada, Roberto Lewin Pérez de Arce, Franck Mitchell Wallace, Robert Glaves Espejo, Bent Betergreen Soruco, Mario Guerra Oyarzún, Edwin Glaves Espejo, Alfredo Carvajal Videla, Roberto Layera Pacheco, Fernando Aguiló Muñoz, William Walke Miller, Ricardo Aranda Rojas, Miguel Quintana González, Tomás Ilic Zuvic, Jorge Díaz Rodríguez, Dino Schiapacasse, Luis Cortés Garcés y Luis Soto Salgado de la 9º Cía. De Santiago.

Me hago el triste deber de dejar estampado para las futuras generaciones de la Undécima, los trágicos acontecimientos, donde se inmolaron seis preciosas vidas.

Ahora nos cubren de gloria ¡Murieron como héroes en el puesto del deber¡ Hugh Honeyman Hills- Alonso Agüero Ferrada- Roberto Glaves Espejo- Edwin Glaves Espejo- Roberto Layera Pacheco- Fernando Aguiló Muñoz.

Hugh Honeyman Hills

Nada hacía sospechar este año nuevo que el Cuerpo de Bomberos, pasaría por una de las más caras y amargas experiencias que, sin lugar a dudas, pusieran a prueba el temple de los voluntarios que componen a cada una de sus compañías. Todos los que sobrevivieron a esta catástrofe, algunos en forma milagrosa y providencial, reaccionaron admirablemente después de la explosión, tratando de salvar a los que aún daban señales de vida, o que no se encontraban cubiertos de petróleo ardiendo, confundiéndose con el mismo incendio.

La alarma, después de otros llamados menores, fue dada a las 2:10 A. M. dándose como sitio amagado la Barraca Schultze ubicada al lado sur de la explosión, es decir en Av. Brasil casi esquina Freire. Mi Compañía terminaba su mes de guardia a las 12 A. M. del 31 de diciembre y por tratarse de un incendio de proporciones, que podía ser apreciado desde la ventana de la Central Bombas en Blanco esq. De Freire, a 30 metros del siniestro, se ordenó salir a todo el Cuerpo, menos la de Guardia. (1º).

Para todos los que nos encontrábamos ahí presentes, esto no pasaba de ser una hoguera grande, de muchas llamas y calorías. Iluminaba muchas cuadras a la redonda, pero sin mayores complicaciones para sofocarlo, por no tratarse de un edificio, sino castillos de madera sobre el suelo y rodeados, como es lógico, de una generosa cantidad de aserrín y virutas embebidas en el lubricante que inevitablemente cae de la máquina elaboradora. Era por consiguiente, materia de inundar hasta bajar la temperatura, lo que iba a demorar por las proporciones que había tomado.

Como la 11º era la Compañía de agua que quedaba más distante del siniestro, tuvo que optar por el grifo de Errázuriz con Rodríguez y atacar junto a la 8º y la 10º por la retaguardia, o sea por el fatídico local de la Dirección de Caminos que se encontraba a la altura del incendio, pero por calle Blanco.

Con excepción del cuidador del local- que era de material ligero- y el que hubo de ser sacado en completo estado de ebriedad, por los propios bomberos, ninguno de los cientos de voluntarios y civiles ahí presentes sabía que se encontraban allí almacenadas, grandes cantidades de dinamita, pólvora, guías y fulminantes, además de tambores de bencina y petróleo, material que se guardaba en pleno centro de la Ciudad en forma ilícita y que lo ignoraban todos, menos los jefes y empleados de la repartición misma.

“Era una trampa injusta” como lo dijo el Superintendente del Cuerpo Carlos David Finlay, al despedir los restos frente a la Catedral y en presencia de S. E. el Presidente de la República Don Carlos Ibáñez del Campo, los Ministros del Interior del Pedregal y Hacienda Rossetti, otras muchas autoridades y miles de personas más.

¡Triste fue esta experiencia para nosotros!

¡Espero que Dios no nos brinde esta prueba nuevamente!

Me encontraba a la hora del estallido del incendio en Viña del Mar, en compañía, entre otros, del Capitán de la 1º Compañía de Viña, Rosato Cruciani, quién me sugirió fuéramos en su auto por estar premunido de sirena, lo que facilitaría el tránsito por la Av. España que durante el Año Nuevo es intenso y desordenado. Las proporciones del siniestro ya se me habían dado a conocer por teléfono desde la Central Bombas, por lo que resolví que nos fuéramos directamente al Cuartel para sacar el 2º carro que había quedado atrás, por carecer en estos días del 2do Cuartelero. Con él bien premunido de mangueras, nos dirigimos al siniestro. ¡Dantesco espectáculo! Iluminaba como cooperando con el Año Nuevo.

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Estacioné por la calzada sur, frente al incendio con el objeto de inspeccionar mejor el lugar para tender una nueva línea de mangueras, cuando me encontré con el 1er y 3er Comandantes en Compañía de algunos ayudantes a los que saludé deseando un Feliz Año, como lo hacía todo el mundo en esos momentos.

Mientras la comitiva caminaba hacia Freire para dirigirse a Blanco me encontré, entre otros, con m i amigo Carter, antiguo locutor de radio, quién se encontraba muy contento e insistía en prolongar el consabido abrazo, a lo que le rogué, me dejara continuar por tener interés en ver que armada había realizado mi Compañía y ver quienes se encontraban presentes. No me había alejado 20 metros de Carter, cuando sobrevino una conmoción atmosférica que lanzando algo contundente me golpeó en el hombro y cabeza, haciéndome perder el equilibrio que, afortunadamente me lanzó debajo de un automóvil que se encontraba estacionado y sobre el cuál, sentí caer todo género de cosas. Habiendo quedado consiente para observar como todo el cielo se iluminaba de un rojo incandescente y, aunque se apagaron todas las luces alrededor, bastaba este fulgor para mostrar los resultados de la explosión que ya se podían ver.

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Mirando hacia Av. Brasil desde la calle Freire, en donde yo había caído, pude ver el más horroroso cuadro. Creí en ese momento, estar viendo lo peor de la catástrofe por lo que, incorporándome lo más rápidamente posible, corrí hacia el carro que había dejado estacionado, para socorrer a los heridos. Ahí vi, entre otros a mi amigo Carter sin ropas y seccionado en dos partes por el pecho.

Mientras un voluntario de otra Compañía tocaba la sirena del carro en forma continua, yo hacía dos viajes desesperados a través de cuatro calles principales con el único afán de transportar estos cargamentos humanos lo suficientemente rápido a la Asistencia Pública. Muchos otros vehículos habían llegado antes, pues ya estaban hasta las veredas repletas de seres humanos, algunos vivos, otros ya no.

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Regresé, pues, nuevamente al lugar del siniestro para ver que estragos habían ocurrido y cuál había sido su origen. Pude por fin, llegar al lugar donde actuaban o habían actuado mis voluntarios, y fue aquí en dónde estaba la dantesca sorpresa que aún esa noche me deparaba.

Allí permanecí, desde que llegué al lugar, bajo el único farol que quedó encendido en el cruce de Blanco/Freire, presenciando la remoción de escombros de toda índole, tambores triturados convertidos en casco de granada, trozos de fierro, madera, calaminas y miles de adoquines, todo cubierto de petróleo caliente.

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Y comenzaron a aparecer los restos carbonizados de voluntarios, por secciones algunos, de otros solo algunos miembros, algunos todavía manteniendo una actitud como defendiéndose, todos pasaron por mi frente. En esos momentos oigo a uno de los zapadores de rescate ¡aquí vienen los suyos, Capitán! Era imposible que pretendieran hacerme creer.

Rostros desfigurados…. Todos se veían iguales, todos negros, brillantes, sin sejas ni pestañas, sin pelos algunos…. Debo confesar que no pude resistir más el llanto cuando vi desfilar los de botas negras cortas con guarniciones blancas ¡Eran Inconfundibles! I empezó ahí mismo la búsqueda de los desaparecidos. No fue necesario pasar lista! Estaba claro. ¡Ya todos sabían quienes habían salido a este llamado! Eran todos unidos, bravos y decididos y poseídos, además de una larga experiencia, tenían la mejor asistencia a incendios actuando siempre activamente. ¡Tenía que ser una trampa la que los venciera, porque ellos sabían defenderse!

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Triste misión fue la de recorrer hospitales, primero donde cuerpos carbonizados totalmente se debatían de dolor, muchos de los cuales entregaban su alma a Dios en esos instantes, confortados por la Monjas de la caridad!

En esta primera correría, pudimos verificar que se encontraban hospitalizados con graves quemaduras y contusiones, los voluntarios W. Taylor y Jorge Díaz en el pensionado del Van Buren y Roberto Aranda en el Deformes.

No sin pocas dificultades, pudimos, finalmente encontrar los cadáveres de nuestros mártires, algunos de ellos identificables sólo por señas características como medallas, zapatos, forma del cráneo, etc. Estaban todos juntos- como murieron- en la Posta Infantil. Esta búsqueda se facilitó gracias a la valiosa cooperación que nos brindó nuestro voluntario V. Huber, a la sazón Tesorero General del Cuerpo y Alcalde de Viña del Mar.

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William Kenchington M.

Capitán.

Enero de 1953.-

 

 

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 Colaboración

Erick Vergara Allen Vol. Honorario 2a Germanía de Valparaíso

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