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Funerales de Don Benjamín Vicuña Mackenna.

 

Don  Benjamín  Vicuña  Mackenna  es  uno  de  los  ciudadanos  más  ilustres que  han  prestado  sus  servicios  en  el  Cuerpo  de  Bomberos.

Nació  en Santiago el 23 de Agosto de 1831 y murió en su hacienda “Santa Rosa de Colmo”,  cerca  de  Quillota,  el  lunes  25  de  Enero  de  1886.

Exaltado patriota, actuó con igual vehemencia en la política partidista nacional.

Su campaña presidencial fue tan novedosa que hizo pensar a muchos que si  don  Benjamín  Vicuña  ascendía  al  poder,  el  país  sería  embarcado  en cuanta aventura romántica hubiese imaginado su fecundo cerebro, como ayudar a la libertad de Cuba, de Filipinas y otros planes que anunció por escrito durante la lucha política contra el tranquilo y reposado don Aníbal Pinto.

El  diario  El  Ferrocarril  dice:    “Los  cuarteles  de  bomberos  izaron  ayer  a media asta sus banderas enlutadas por el fallecimiento del ex Director de la  Tercera  Compañía”. “El  carro  de  cristal  ha  sido  llevado  al  Cuartel General para ser adornado como corresponde, con insignias bomberiles y nacionales”.    “Más  de  cincuenta  miembros  del  Cuerpo  de  Bomberos partieron en el tren expreso a traer los restos del señor Vicuña”.

La Tercera Compañía hizo guardia permanente al lado de su ataúd y en representación  del  Directorio  del  Cuerpo  de  Bomberos  habló  don  Carlos Toribio Robinet, cuya frase “hoy sepultamos un rayo de sol” impactó a la multitud.  Don Gustavo Adolfo Holley propuso la idea de erigir una estatua a Vicuña Mackenna y dar su nombre al Cerro Santa Lucía.

Hubo tantos oradores  y  poetas  que  leyeron  elegías  y  sonetos  alusivos  que  por lo avanzado  de  la  hora  muchos  debieron  guardarse  sus  discursos  en  el bolsillo y publicarlos al día siguiente.  Así ocurrió con don Samuel Ossa Borne, hijo del descubridor del salitre.

La mayoría de las estatuas de nuestros próceres se levantaron a iniciativa de Vicuña Mackenna y fueron financiadas en gran parte por sus amigos José Tomás Urmeneta, José Santos Ossa, Luis Cousiño Goyenechea y su padre don Matías Cousiño.

No era necesario levantar una estatua a Vicuña Mackenna, él mismo se construyó  el  más  grande  e  imperecedero  monumento  con  su  pluma  de escritor y en sus libros también inmortalizó justicieramente a Urmeneta, Cousiño  y  Ossa,  quienes  dieron  trabajo  a  tantos  miles  de  chilenos  e hicieron prosperar al país.

Un historiador objetivo, el señor Encina, dice que Chile habría sido más grande y poderoso si en lugar de tantos políticos hubiesen nacido más industriales como los nombrados.

Varias  estatuas  se  alzaron  en  Chile  recordando  al  gran  escritor.  La primera de ellas estuvo en la Alameda y luego fue trasladada a la ciudad de Arica, próxima al histórico Morro.  La frase tan conocida y repetida por Vicuña y que se constituyó en un mandato para nuestros gobernantes era:

“Chilenos no soltéis el Morro”.

En  1883  don  Benjamín  Vicuña  escribió  el  libro  titulado:    “La  Cuna  del Cuerpo de Bomberos” y expresa en esas páginas dedicadas a su Tercera Compañía  que  el  Cuerpo  de  Bomberos  nació  de  una  hoguera,  de  una hecatombe humana, la mayor del mundo moderno, producida por el fuego.

Se  fundó  “sin  trámites,  sin  papeles,  sin  consultas,  sin  asesores,  sin abogados y sin capítulos”.  Agrega que la Tercera Compañía, que él dirigió, ha sido desde entonces en el ejército sin paga y sin pólvora, sin yatagán y sin sangre, de los generosos, sublimes y abnegados salvadores del hogar y de la vida, como el Buin, Primero de Línea en la nómina de sus heroicos combatientes.

Cuando se inauguró el hermoso monumento que hoy se levanta en la Plaza Vicuña Mackenna también hubo numerosos oradores.

Habló el Alcalde de Santiago  don  Enrique  Donoso Urmeneta,  voluntario  de  la  Bomba  Arturo Prat.

Más  tarde  otro  voluntario  de  la  misma  Compañía,  el  Alcalde  don Ismael  Valdés  Vergara,  inaugura  un  monumento  al  abuelo  de  Vicuña Mackenna, General Juan Mackenna O’Railly, aprovechando el pedestal de la estatua trasladada a Arica.

Se comentó entonces que era muy curioso el caso de que un abuelo heredara de su nieto un sitio en la Alameda.

La estatua que se le erigió en San Carlos lo muestra apoyado en un alto de libros.  El Director de la Biblioteca Nacional don Ramón Briseño en su obra “Bibliografía chilena por un solo chileno” calcula que si se colocaran, unas en pos de otras, las líneas manuscritas por don Benjamín cubrirían la  distancia  que  hay  entre  la  plaza  de  Copiapó  y  la  de  Ancud  y  todavía sobraría mucho material.

 

 

AGUSTIN GUTIERREZ VALDIVIESO

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