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Espíritu del Bombero Voluntario, vigente hasta hoy

Más de un siglo y medio ha pasado desde que los primeros bomberos, los fundadores, corrían por las calles arrastrando una pesada  bomba de palancas rumbo al resplandor del incendio que divisaban a la distancia. Otros llevaban hachas, baldes, ganchos y, en el lugar, muchos se ofrecían voluntariamente para introducirse en las pútridas aguas de las acequias y hacer taco para que la bomba pudiera aspirar el vital líquido.

Los primeros avisos de incendio fueron los anunciados por las campanas de los templos y, no muchos años después, fueron los mismos bomberos que tenían su propia campana que se tocaba una vez recibida la alarma por parte de los policías y en algunas partes de los serenos.

No sería hasta comienzos del siglo veinte (1913) cuando los bomberos de la capital contaron con la primera sirena eléctrica, a semejanza de Valparaíso, instalada en la parte más alta de la Estación Central y activada a distancia desde un cuartel de bomberos (Alameda y Av. España).

Campanas, sirenas, rápidamente fueron bautizadas por los bomberos como “la paila”, nombre que tal vez tenga su origen en que al escucharse, desde cualquier lugar donde estuvieran, llevaban automáticamente  su mano a la oreja (orejas = “las pailas”) para escuchar mejor y partir corriendo en dirección a su cuartel o directamente  al siniestro, si es que desde la distancia se veía  el “callampón”.

En la misma época, en la capital, la Compañía de Teléfonos instaló teléfonos en los cuarteles y en algunas casas de bomberos, lo que duró hasta el año 1927, fecha en que un incendio destruyó las instalaciones de la telefónica.

Cuatro décadas pasarían, más o menos, en que bomberos se movilizaban, desde sus casas, lugares de trabajo o donde estuvieran, solo escuchando el tañido o ulular de las pailas hasta que, lentamente, el teléfono domiciliario empezó a ser de uso común, pero no de todos los bomberos.

Otra de las formas en que bomberos se ponía en alerta eran los tradicionales fanales de luz roja ubicados fuera de los cuarteles o en lugares estratégicos: fijo, llamado u otras emergencias, intermitente, ¡incendio! Ya no era necesario llevarse la mano a la oreja, sino que al bolsillo buscando una moneda para llamar al cuartel desde un teléfono público y preguntar la dirección de la alarma.

Un brusco y acelerado avance tecnológico hizo aparecer a finales de los años setenta las primeras radios receptoras, recibiendo en forma instantánea la alarma desde la Central, pero eran pocos los privilegiados que las tenían, dado su alto costo.

Si leímos con atención lo anterior, nos daremos cuenta que por más un siglo, los bomberos voluntarios respondían al llamado del deber auto impuesto con métodos que hoy los hacen aparecer casi como prehistóricos. Lo de ayer perduró largo tiempo, bomberos con uniforme de trabajo corriendo por las calles, movilizándose en lo que pudieran, haciendo dedo incluso, taxistas que transportaban gratis o solo pedían una ayuda para la bencina, automovilistas solidarios que no dudaban en ayudar con el transporte; contados con los dedos de la mano eran los bomberos que contaban con movilización propia.

*****

Década y media del siglo veintiuno.

La tecnología  del pasado ya no es acelerada, es vertiginosa.

Hoy el bombero, voluntario como desde siempre, recibe una alarma por diversos medios: radios, teléfonos celulares, twiter, etc. Ya no es necesario preguntar al cuartel dónde es la alarma, ni tampoco hacer dedo o correr por las calles, todos o casi todos tienen su propio medio de locomoción.

Todo lo descrito anteriormente, tiene otra cara, la realidad que se vive a escasos kilómetros de las grandes ciudades.

En efecto.

Terremoto de febrero de 2010.

Al amanecer de ese fatídico día, y a no más de cincuenta kilómetros al sur del gran  Santiago, bomberos, con sus propias herramientas del trabajo campesino (hachas, chuzos, palas) despejaban el camino de acceso a una autopista. Hombres de campo, sin cuartel, que de fondo tenían  su pueblo prácticamente en el suelo, tal vez su propia casa, pero ahí estaban, cumpliendo fielmente a su juramento de servir.

Hoy.

A misma distancia, pero al norte de la gran urbe, y gracias a un equipo de radio receptor con la frecuencia de la Central local, escuchamos los tonos y dirección de la alarma. Suena la paila, sale la bomba: 6-0 a cargo XX, 3 rescatistas, a los pocos minutos cambia quien va a cargo y aumenta el número de tripulantes. Otras veces la Central avisa por radio con la clave correspondiente solicitando un conductor para determinada máquina. La razón de lo anterior es simple, cuarteleros no hay; al salir la máquina, una vez que llega un conductor autorizado y los que llegan  al cuartel, trayecto al lugar de la alarma recoge en el camino a bomberos, finalmente se llega al lugar del siniestro y al término, se da el 6-9 con la satisfacción del deber cumplido.

¡Qué realidad más distinta a la que se vive en las grandes ciudades!

Algo es de inmenso valor y que nos invita a reflexionar.

El espíritu creador de los fundadores, los sacrificios de antaño están plenamente vigentes; unos tienen más, otros menos, pero comprobamos que ese romanticismo del ayer está más vivo que nunca, y que el tecnicismo, tan necesario, debe ir de la mano con la historia y la tradición, es el mejor homenaje que se puede dar a los fundadores que, con sacrificio, esculpieron la más grande de las instituciones que con orgullo luce Chile ante el mundo, sus bomberos voluntarios.

 

Guillermo del Canto Lazo / http://cbgranja.cl

Julio 2015.

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