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El Terremoto del 16 de Agosto de 1906.

Los terribles sucesos del año anterior, fueron seguidos de una nueva y dolorosa desgracia que sembró el espanto y la intranquilidad en toda la población. La causa de tanta desazón no era ahora una guerra exterior, ni huelga revolucionaria, ni tampoco una conmoción interior, sino un terremoto cuyas consecuencias eran tanto o más temibles que las otras catástrofes, desde el momento que no se podía evitar o reducir las proporciones de un fenómeno enteramente ajeno a la voluntad de los hombres.

Nada permitía suponer que en la noche del 16 de Agosto, la tranquilidad de la ciudad se vería bruscamente interrumpida por un cataclismo súbito y sobrecogedor. A las 8 de la noche, bajo una lluvia torrencial, y mientras la gente se encontraba recogida en sus casas por ser hora de comer según la costumbre de la época, un movimiento sísmico de fuerza extraordinaria y de prolongada duración obligó al vecindario a huir a la calle para escapar de los derrumbes y de los demás peligros de aquel fenómeno que venía a interrumpir violentamente la tranquilidad de la ciudad.

A  pesar  de  que  los  edificios  destruidos  fueron  muy  escasos,  casi  todas  las propiedades sufrieron perjuicios de mayor o menor consideración, en unos, las murallas agrietadas amenazaban ruina, en otras los estucos habían caído a las calles llenándolas de escombros, y en los más la caída de los muebles y otros objetos dejaron las habitaciones en estado de no poder ser ocupadas sin que previamente se hiciera en ellas un prolijo reconocimiento.

Naturalmente, la población aquella noche no durmió, los destrozos ocasionados en los hogares y el temor de que el temblor volviera a repetirse, mantuvo a las gentes en las plazas públicas o en las calles olvidando por completo que al abandonar sus casas con la precipitación de la fuga no habían apagado el fuego en las cocinas y el gas en las dependencias, pero el miedo de entrar nuevamente en ellas pudo más que la amenaza de producir un incendio, y muchos prefirieron entregar sus bienes a las llamas antes de correr el riesgo de salvarlos conjurando el peligro que los amenazaba.

BARRIO EL ALMENDRAL 1906

No tardaron en dejarse sentir las consecuencias de tanta imprevisión. A los nueve minutos apenas de haberse producido la conmoción, se daba la alarma de incendio en el antiguo local del Restaurante Santiago, situado en la calle de Huérfanos entre la de Estado y Ahumada.

Una estufa de parafina volcada por el temblor o por alguna persona que inconscientemente al huir la derribó, era la causa del siniestro que destruía los muebles y la techumbre de la pieza donde se encontraba. Seis minutos después, cuando los bomberos se encontraban en pleno trabajo en el primer incendio, se anunció en la calle del Puente esquina de San Pablo, y cinco minutos más tarde, se declaraba un tercero, señalándose como punto amagado la calle Río de Janeiro esquina de Buenos Aires.

En atención a la rapidez con que se producían los siniestros, la Comandancia dispuso inmediatamente la permanencia de dos Compañías en el incendio de la calle de Huérfanos casi totalmente extinguido en esos momentos, otra quedó de guardia en el segundo por tratarse de un amago, y cuatro se hicieron cargo del último que pudo haber asumido grandes proporciones si no se le hubiese atacado con tanto denuedo desde un principio hasta conjurar la amenaza después de tres horas de intensa labor. Las Compañías restantes recibieron orden de retirarse a sus cuarteles y permanecer listas por si se solicitaban sus servicios, lo que por fortuna no ocurrió en el resto de la noche.

Al día siguiente, la capital relegó a segundo término sus temores y sus perjuicios, concentrando toda su atención en las gravísimas noticias, recibidas de Valparaíso, donde el terremoto con una violencia inaudita, arruinó la mayor parte de la ciudad, y arrebató numerosas vidas sin contar las que se perdieron con motivo de las medidas represivas tomadas por las autoridades contra los incendiarios y ladrones, que amenazaban con asesinar y saquear a la población indefensa y aterrorizada con tanta calamidad.

La catástrofe del 16 de agosto de 1906 en la República de Chile

Las noticias transmitidas lejos de ser exageradas, eran por el contrario un pálido reflejo de lo que en realidad había sucedido. El primer Puerto de la República se encontraba en ruinas, principalmente el barrio del Almendral, que fue totalmente devastado por el movimiento sísmico, y por los incendios que estallaban simultáneamente en varios puntos a la vez, devorando impunemente numerosas propiedades, sin que fuese posible atacarlos con éxito, debido a la ruptura de las cañerías del agua potable, y a la ausencia de la mayor parte del material que permanecía bajo los escombros de los edificios que ocupaban sus cuarteles.

Informado  el  Gobierno  de  la  magnitud  de  la  catástrofe,  y  de  los  peligros  que amenazaban a la población porteña, solicitó el concurso del Cuerpo de Bomberos de Santiago, para llevar una ayuda a la ciudad anonadada bajo el peso de tan inmenso infortunio.

Aceptado por el Directorio el noble y humanitario servicio que se les pedía, el 19 de Agosto a las 8 de la mañana, partían desde la Estación Alameda, en dirección al Puerto, comisiones de las doce Compañías de Bomberos de la capital, compuestas por ciento un voluntarios, a cargo del Superintendente D. Ismael Valdés Vergara, y de tres Capitanes Ayudantes, dispuestos a secundar al Cuerpo hermano en la penosa tarea que el destino le había impuesto.

Al anochecer de ese día, después de un viaje sumamente lento debido al mal estado en que había quedado la vía, el convoy llegó a Limache y en atención a que el tráfico ferroviario  se  hallaba  suspendido  a  contar  desde  este  punto,  el  personal  tuvo  que pernoctar en los andenes de esa Estación sin más abrigo que el de sus propios uniformes.

A las 5,30 de la mañana del día siguiente, la delegación inició la marcha a pie desde Limache hasta El Salto, donde la esperaba un tren que la llevó a Valparaíso, llegando al Barón a las cuatro de la tarde.

Inmediatamente el Cuerpo fue puesto a disposición del Jefe militar, recibiendo orden de acampar en los jardines de la Gran Avenida, para cuyo efecto se le hizo entrega de carpas y provisiones a fin de que descansara la gente y prepara ella misma su comida.

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Poco  después,  se  declaró  un  incendio  en  una  casa  situada  en  la  misma  Gran Avenida, en cuya extinción trabajó la delegación de Santiago, haciendo uso de los escasos elementos que se le proporcionaron.

Durante  el  tiempo  que  los  bomberos  de  la  capital  permanecieron  en  Valparaíso, fueron ocupados en ayudar a la sepultación de los cadáveres encontrados bajo los escombros, en extraer víveres de las bodegas destruidas para repartirlos según instrucciones del Jefe de la Plaza.

Se hicieron cargo también de la vigilancia de las mercaderías salvadas de los incendios y depositadas en la Gran Avenida, y prestaron además su concurso en la desocupación de las casas cuyos dueños lo solicitaban, sin dejar por eso de cooperar en la extinción de escombros en unión de la 3ª Compañía de ese Puerto, que alimentaba los pitones con su bomba armada en la Plaza de la Victoria.

Restablecida un tanto la tranquilidad en la ciudad, se dispuso el regreso de la delegación en dos grupos. Las comisiones enviadas por la 1ª.- 2ª.- 3ª.- 4ª.- 5ª.- y 9ª.-, al mando del 3er Capitán Ayudante, regresaron el 22 de Agosto a las nueve de la mañana. El viaje se efectuó entren hasta El Salto, desde este punto se siguió a pie a Villa Alemana, donde se tomó un tren que se detuvo en Limache toda la noche dando tiempo a que el personal pernoctara en la dicha Estación, para continuar viaje al día siguiente a Santiago, llegando a la Estación Alameda a las 4,30 de la tarde.

El segundo grupo formado por la 7ª.- 8ª.- 10ª.- 11ª.- y Duodécima Compañías, a cargo del 2º y4º Capitán Ayudante, abandonó Valparaíso a las cuatro y media de la tarde del mismo día en que lo hicieran sus compañeros y después de hacer el recorrido en idénticas condiciones, fueron recibidos en la capital a las 11,30 de la mañana del 23 de Agosto.

Si bien es cierto que la actuación del Cuerpo de Bomberos de Santiago, se limitó casi exclusivamente al trabajo de incendios, y a  dar estricto cumplimiento a las órdenes de emergencias dictadas por  el  Jefe  de  la  Plaza,  por  ser  innecesario  su  empleo  en  la conservación del orden público mantenido férreamente por las fuerzas puestas a disposición de las autoridades, no por eso fue menos hermosa su conducta al responder con decisión y entusiasmo al llamado que se le hizo para acudir en ayuda de un núcleo apreciable de sus conciudadanos que sufrían las consecuencias de una espantosa calamidad.

El Directorio que había sido testigo de la disciplina y de los sacrificios hechos por el personal en esas circunstancias, acordó testimoniarles su gratitud declarando que su concurrencia a los incendios de la noche del terremoto y su presencia en la comisión enviada a Valparaíso, constituían una ACCIÓN DISTINGUIDA que debía anotarse como tal en sus hojas de servicios.

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