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Bombero Patricio Cantó Feliú

Esta Calle ubicada en el centro de la capital recuerda al mártir de la 3a Compañía del Cuerpo de Bomberos de Santiago don Patricio Cantó Feliú.

Nació el 1 de septiembre de 1941. Hijo de Don José Cantó y de Doña Hilda Feliú, creció junto a su hermana Cristina, un año menor que él, compañera de juegos y luego confidente de sus sueños de adolescente. Era un joven ejemplar: buen hijo, dedicado alumno (había estudiado Contabilidad), trabajador responsable, amante de los niños e hincha del Colo Colo. Admirador de la belleza femenina, se encontraba pololeando con la Reina de la Primavera de San Fernando.

Estoy bien mi Capitán, déjeme aquí no más”, respondió el joven voluntario cuando su superior le preguntó si quería ser relevado. Era la madrugada del 15 de noviembre de 1962 y se desarrollaba el trabajo final de un violento incendio en un edificio en construcción de calle Amunátegui al llegar a Huérfanos. Segundos más tarde, el derrumbe de un elevado muro causaba la muerte de seis bomberos y las heridas de otra treintena. Entre ellos, se tronchaba la vida de apenas veintiún años de este Guardián y Voluntario Tercerino.

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A continuación se señala un breve resumen de lo acontecido un ya lejano 15 de noviembre de 1962, aunque para algunos, esto fue solo ayer.

Según los registros, el incendio en calle Amunátegui esquina de Huérfanos, no revestía mayor complicación para los voluntarios en las labores de extinción. Más bien, la labor de las Compañías, se concentraría en desarmar los castillos de maderos, apilados ordenadamente, como insumos para la construcción que ahí se llevaba a cabo. Una vez que se desmontaban por parte, tablón por tablón, cada castillo, se procedía a “pitonear” generosamente los maderos para eliminar cualquier posibilidad de rebrote del fuego. Colindante al lugar, se alzaba un muro de aproximadamente trece a quince metros de altura que, según palabras de los sobrevivientes, en todo momento sembró una cuota de inquietud por su potencial peligro. La duda, no fue infundada.

Faltando minutos para las cinco de la mañana, con un breve y casi imperceptible “crujir” del muro, la pesada estructura se sentó sobre su base y cayó, con toda su fuerza, sobre una cantidad hasta hoy, no determinada de voluntarios. El destino no tuvo contemplación con quiénes estaban sobre los castillos de maderos, causando sus muertes casi al instante. La ubicación de los castillos, permitía formar entre sí, pequeños corredores que fueron empleados como de tránsito de los voluntarios y su material; sirviendo a la postre, de un lugar de menor impacto al momento de caer el muro.

Como si anunciara la dramática escena que se vería una vez caído el muro, y disipada la nube de tierra y arcilla que se alzó, hubo un breve y terrorífico silencio, antes que los presentes pudieran dimensionar a plenitud, la magnitud de la tragedia. Según consta en los periódicos de la época, libros de novedades y los relatos de voluntarios, los quejidos de aquellos que había sido sepultado parcialmente, sirvieron para dar con su pronta ubicación, para dar inicio a las maniobras de rescate. En muchos casos, se logró con éxito sacar con vida a los aprisionados de entre el barro y los escombros, pero hubo que lamentar la irremediable pérdida de seis voluntarios que pasaron a engrosar la lista de mártires de la Institución.

Fallecieron en cumplimiento de su deber, los voluntarios: Patricio Cantó Feliú de la Tercera Compañía. Pedro Delsahut Román, perteneciente a la Cuarta Compañía. Carlos Cáceres Araya, de la Sexta Compañía. Alberto Cumming Godoy, de la Sexta Compañía. Rafael Duato Pol, Duodécima Compañía y Eduado Georgi Marín, también de la Duodécima Compañía.

Todos los voluntarios heridos, muchos de gravedad, fueron trasladados a diferentes lugares de urgencia, (algunos centros no dieron abasto) siendo calificados como heridos de extrema gravedad, graves, leves y otros con solo contusiones. En ningún caso, se habla de las lesiones sicológicas que con posterioridad se pudieron haber manifestado en los sobrevivientes tras la tragedia. No obstante, al hablar con alguno de ellos, aún se puede percibir, con su desgarrador relato, cómo el recuerdo de sus compañeros fallecido, el haber conversando con alguno de ellos segundos antes del derrumbe, o la sensación de haber estado sepultado, aún causa estragos en su relato.

Fuente: www.bombadecima.cl

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