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8 de Diciembre 1863

Ciento cincuenta y tres años han transcurrido desde aquella gran desgracia que arrebató cientos de vidas a la naciente ciudad de Santiago.

Benjamín Vicuña Mackenna, el gran historiador y cronista del siglo 19, comentaba después de la tragedia:

“No hay memoria en Chile de un hecho más horriblemente trágico. Se nos erizan los cabellos cuando recordamos la espantosa catástrofe que hoy nos tiene sumidas en el luto a centenares de familia. La ciudad entera no se da cuenta aún, de tan horrible desgracia… A las siete de la tarde de  ayer, el templo de la Compañía contenía en su recinto, más de dos mil almas.

La iglesia estaba alumbrada por más de… 7.000 luces…

¡Imprudencia, sin ejemplo…! …principiaba la función cuando se declaró el fuego…!

Es doloroso recordar esa desgracia, que de tarde en tarde, visitan a los pueblos y los cubren de eterno duelo, que tuvo lugar el martes, día de Purísima, en la que fue  la iglesia de la Compañía de la capital. No hubo casa, no hubo familia donde no haya reinado la más cruel inquietud…”

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El lunes de semana santa, 11 de abril de 1593, muy de mañana,  ocho religiosos jesuitas entraron silenciosamente a la villa de Santiago, pastoreados por el provincial Baltasar de Piñas.

Venían “encapillados”, o sea, solo con lo puesto, más unos pocos bultos. Entraron de puntillas a la ciudad, igual que el silencio de una mancha de aceite, siendo acogidos fraternalmente por los dominicos en el convento de Santo Domingo (en el mismo lugar en que está actualmente el templo del mismo nombre).

A la semana de llegados, y a solicitud de los fieles, el domingo de Pascuas el padre Baltasar ofició y predicó en la Catedral. Los asistentes, impresionados por la prédica del jesuita de inmediato hicieron aportes para construir un templo, recolectándose  $ 4.000, logrando así que la orden se quedara en la capital y no emprendiera viaje al sur en campaña de evangelización.

Don Martín Ruiz de Gamboa (marido de doña Inés, hija “natural” de Rodrigo de Quiroga casado con Inés Suárez) les  vendió a muy bajo precio el solar ubicado en la  mitad oriente de la manzana ubicada entre las actuales calles Compañía, Morandé, Catedral y Bandera. Por otra parte, dos antiguos y piadosos capitanes, Agustín Briceño y Andrés de Torquemada, donaron a los jesuitas (a cambio de la salvación de sus almas), el año 1595, la mitad sur de la manzana.

El año 1636 sonaban las campanas del primer templo de la Compañía.

La imponente iglesia, según documentos de la época, tuvo un costo de 150.000 pesos. Solo el retablo del altar mayor, donde estaba el tabernáculo, fue tasado en treinta y dos mil pesos….y fue, considerado como la primera obra artística que poseía Santiago.

La primera procesión partió desde el callejón que enfrentaba el frontis sur del templo. Rápidamente el pueblo empezó a llamar al callejón de la Compañía, nombre que  conserva la calle por más de cuatro siglos.

Toda la pompa del templo duró hasta la fatídica noche del 13 de mayo de 1647 en que fue arrasado por el gran terremoto.

El año 1709 se inauguraba el nuevo templo construido de cal y canto,  bóvedas de hermosa arquitectura y torre.

Una seguidilla de fuertes temblores ocurridos en Santiago,  entre el 8 de julio y principios de septiembre de 1730, no asolaron la nueva iglesia, pero sí, la dejaron casi en completa ruina.

Una vez más, los jesuitas emprendían la reconstrucción de su casa espiritual.

Los ya sorprendidos vecinos con las obras de la iglesia, más lo  estuvieron, cuando la noche de Año Nuevo de 1760, a las doce,  escucharon las campanas del reloj que los jesuitas  montaron en la empinada torre.

La presencia de los jesuitas duró hasta la madrugada del  26 de agosto de 1767 cuando escucharon de boca del Escribano Juan Bautista Borda el decreto del rey Carlos III, “…he venido en resolver, como resuelvo, quiero y mando, que sean extrañados y excluidos para siempre de todos mis dominios, y de cualquiera otra parte perteneciente  a mi soberanía, todos los sacerdotes, diáconos y subdiáconos de la Compañía de Jesús, con todos los hermanos legos de la misma comunidad”.

Después de quedar acuartelados y prisioneros en su propio convento, los 120 religiosos que conformaban la orden, a las dos de la madrugada del 23 de octubre partían en la oscuridad de la noche rumbo a Valparaíso, al destierro. La expedición la comandaba el Corregidor Zañartu.

Terminaba así la permanencia de los jesuitas en Chile y en todas las colonias de la Corona Española.

El templo permaneció cerrado hasta 1769, fecha en que fue reabierto debido al incendio que afectó a la Catedral. Reconstruido el templo metropolitano, la Compañía, tornó a su triste clausura.

No fue hasta principios del siglo 19 que el presbítero Manuel Vicuña se hizo cargo del antiguo y fatídico templo. Nuevamente fue el favorito de la clerecía hasta el lunes 31 de mayo de 1841 en que nuevamente la desgracia lo tocaba. Un gran incendio que se inició en la torre lo destruyó parcialmente.

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En 1854, el Papa Pío IX, proclamó el dogma de la  Inmaculada Concepción de María.

El 8 de diciembre del año siguiente, se hicieron en Santiago grandes fiestas religiosas, y en noviembre del  56, se celebró, por primera vez, en el antiguo templo de los jesuitas, el Mes de María.

Año tras año, el mes de María era esperado por toda la ciudad, nadie quería quedarse al margen. Los vecinos, no teniendo, por entonces, otro pan con que alimentar su espíritu, acudía en masa a la fiesta predilecta de su iglesia favorita.

Terminado los treinta días de novena, las fieles celebraban una comunión general, y repartían imágenes con leyendas conmemorativas.

Así llegó el 8 de diciembre de 1863.

La misa de ese día, terminó después de la 12. Comulgaron más de dos mil personas.

Antes de la bendición, el padre Ugarte, invitó a la concurrencia para asistir a la función de la noche. Anunció, además, que tenía que relevar un gran secreto, y prometió el cielo a los que asistieran…

Lo que pasó esa tarde, en el templo de La Compañía, es ampliamente conocido.

Una llama, descontrolada, a los pies de la Virgen, en el altar mayor, dio inicio a la tragedia que arrebató más de dos mil almas….

Toda la capital quedó muda de dolor y de angustia.

Todo fue confusión, pavor, desgracias y lamentos que nadie,  podría describir, y que todavía, forman en nuestra ciudad una atmósfera de duelo.

“El incendio de un templo, en medio de una gran solemnidad religiosa, y en el que las víctimas del fuego,  y la sofocación, se cuentan por millares, es el primero que registra la historia de las naciones civilizadas”.

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Dos graníticos monumentos recuerdan la tragedia.

Uno, la imagen de María Inmaculada, en los jardines del ex Congreso Nacional, por calle Bandera, que se ubica en el mismo lugar donde estaba el altar mayor del templo de la Compañía.

Otro, en la plazuela del Cementerio General, en cuya base se encuentran los restos de quinientos cuerpos inmolados y no identificados.

Y un tercero, monumento viviente y eterno: un Cuerpo de Bomberos Voluntarios,

a semejanza de los de Valparaíso, Ancud y Valdivia que nació a la vida ese mismo día, gracias al llamado hecho por el ilustre vecino, don José Luis Claro Cruz.

De las grandes desgracias nacen las grandes iniciativas que, en el caso de los bomberos voluntarios permanecen hasta el día de hoy, a lo largo de todo Chile, atentos y preparados ante el infortunio del necesitado.

 

 Guillermo del Canto Lazo

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